Nación.Comunicación política
La política de góndola: cuando el envoltorio importa más que el producto
El streaming y las redes sociales transforman la comunicación política, donde el impacto y el envoltorio pueden desplazar al contenido esencial.
Hoy entramos al escenario de la política como quien entra a un supermercado. La góndola está llena de colores, rostros, marcas, frases cortas, indignación, humor y productos que compiten por nuestra atención. Algunos gritan, otros entretienen, pero todos buscan que detengamos la mirada un instante.
La política siempre necesitó comunicar. A lo largo de la historia, ha habido afiches, slogans, jingles y símbolos. Cada época ha tenido dirigentes y estrategas que comprendieron el lenguaje del medio dominante. El peronismo, por ejemplo, entendió la potencia de la radio, mientras que el debate de Kennedy y Nixon reveló el poder de la imagen televisiva. Hoy, el nuevo escenario está marcado por el streaming, las redes sociales y las plataformas audiovisuales.
Sin embargo, lo inquietante es que se invierte la relación entre política y comunicación. Ya no se trata solo de comunicar una idea, sino de maximizar el impacto, independientemente del contenido. Esto transforma la política misma.
En 1985, Neil Postman publicó "Amusing Ourselves to Death", donde argumentaba que los medios no son neutrales y que la forma del medio condiciona el contenido. Hoy, la televisión busca audiencia, mientras que las plataformas buscan atención, lo que cambia la dinámica de la comunicación política.
El streaming permite a un dirigente hablar durante una hora sin ser reducido a un breve clip. Sin embargo, las plataformas tienen incentivos que pueden distorsionar el mensaje político. La política compleja compite en desventaja contra afirmaciones categóricas o provocaciones que son más fáciles de consumir.
Hoy, el dirigente corre el riesgo de construir su identidad alrededor de lo que mejor comunica, asemejándose a un creador de contenido. La paradoja es que, aunque hay más comunicación política, esto no necesariamente se traduce en una política de mayor calidad.
La idea de una política de góndola se hace evidente: primero, el envase debe captar la atención; luego, la marca debe ser reconocible y, finalmente, diferenciarse del resto. El ciudadano se convierte en consumidor, y la política se simplifica para adaptarse a las nuevas lógicas de atención.
La política necesita emoción, símbolos y relato, pero debe recuperar el orden: primero el contenido, luego el packaging. La democracia requiere ciudadanos capaces de distinguir entre el envase y el contenido. La política puede usar el streaming y entender los algoritmos, pero no debe fabricarse solo para alimentar el marketing. La pregunta crucial es: ¿qué hay adentro del paquete?
Fuente: Ámbito